Para poder ir a la playa llamada Canelillo hay que bajar una pendiente, un camino de tierra entre árboles de gran tamaño. Un camino dificultoso y poco seguro, en cualquier momento uno puede resbalar y caer. Pero este camino se debe hacer para llegar a la orilla del mar. Quizás para un joven no sea dificil de bajar debido a la fortaleza de sus piernas o a la sublime capacidad de equilibrar su cuerpo en momentos complejos. Este año me tocó bajarlo y observar a familias que hacían de todo para no caer, agarrándose de lo que pudieran para llegar vivas a recostarse en la arena.

Hasta aquí todo normal, una escena común de verano: sol, arena, mar, familias. Nada raro.

A la derecha de la pendiente se encontraba un edificio cercado por rejas, de esos súper bonitos que tienen salida y vista al mar. El edificio contaba con un ascensor que permitía a los habitantes ir a la playa. En este ascensor habían niños jugando, subían y bajaban, gritaban y corrían, se divertían. Nada raro, hasta que mirabas a la izquierda y veías a la gente esforzándose por no resbalar.

Hoy es súper fácil condenar los actos violentos en las calles, apuntar a los “violentistas”, unirse como sociedad para alabar a la paz. Somos hipócritas. Mientras veía a los niños jugar en esos ascensores sentía como si un gigante escupiera sobre mi rostro, tratando de quebrar las piernas de mi familia, riéndose en nuestras caras. Y uno puede ser fuerte, pero estoy seguro que si alguien te golpea con una ramita en la cabeza repetidamente, terminarás por empujarlo.

Cuando chicos tenemos un montón de sueños y metas por cumplir. No aprendimos a soñar; nacimos soñando. A medida que crecemos, la vida “se complica”. Ya no se puede ser lo que uno pretendía ser: no se tienen los medios, ni las ganas. Nuestras metas y ambiciones se van acomodando a la sociedad, nuestros sueños dejan de pertenecernos. Nos damos cuenta de que estabamos equivocados, que lo que queríamos no era felicidad sino un televisor más grande; que no necesitábamos amor sino un computador con procesador de triple núcleo; no anhelábamos libertad sino un título universitario capaz de arreglar nuestro futuro y el destino de nuestros hijos. Que si nos esforzábamos, podíamos ser como aquellos que están al otro lado de la reja, sin miedo a caer, bañándose en una exclusiva piscina mientras miran cómo los otros que no lograron alcanzar sus sueños se bañan en ese sucio mar.

No sabemos lo que queremos, ignoramos si nuestros sueños son nuestros o de ellos. No sabemos diferenciar entre la paz y el conformismo. Ignoramos que la verdadera violencia no está en una muralla rayada, la violencia es la muralla. Lo que violenta no es una barricada en la calle, es la calle misma. La violencia se respira; quizás no la vemos pero la vivimos, la alimentamos y acariciamos. Nos hemos comprado el discurso del enemigo interno. Hemos permitido que nos golpeen, ya no con una ramita, sino con el tronco completo. Hemos dejado de mirar como lo hacíamos y hemos pensado como otros nos dijeron que lo hiciéramos.

Es fácil condenar a los que tiran piedras, fácil lapidar a los que incendian una ciudad. Es fácil decir que ellos y ellas están mal y que nosotros estamos en lo correcto porque nos esforzamos para alcanzar nuestros sueños, buscando el diálogo y la paz. Es fácil decir que tenemos la libertad de elegir cuando en verdad ya todo está decidido. Quizás si vives en ese edificio, puedes entrar y salir, puedes bajar la pendiente por diversión, pero esa elección sólo queda en manos de pocos. A los otros los culparán de allanamiento si se meten al edificio, encerrándolos en cárceles llenas de paz y amor. Pero es fácil decir que el edificio está abierto para todos cuando hay una reja que grita no entrar. Y no estoy hablando de que debamos tomarnos el edificio o que debamos estar todos bajando la pendiente con nuestros pies, no quiero caer en el juego de que nuestra meta sea ser como los anuncios de Coca Cola dicen que debemos ser.

Hablo de tomar conciencia de dónde estamos parados.

No es cuestión de apuntar con el dedo sino de hacernos responsables, porque cuando unos se sienten miserables por tener que tomar metro y no poder tener un auto, hay otros que no tienen siquiera zapatos. Porque mientras unos se quejan de que no tienen el suficiente dinero para carretear con vodka, hay quienes carretean con diluyente. Mientras unos escribimos en nuestras computadoras, hay quienes no saben escribir. Pero se supone que todos podemos elegir el colegio en que queremos poner a nuestros hijos, el auto que queremos conducir, la casa donde vivir, el lapiz con que escribir. Se supone que si lo intentamos podemos llegar a ser ingenieros, doctores, empresarios, abogados, dueños, jefes.

Mentira. Rabia. Impotencia.

Puede que el día de mañana usted se levante y el semáforo que rompieron los vándalos esté de nuevo en su lugar vigilando el tránsito. Puede que el fuego que impedía el normal funcionamiento de la ciudad se haya apagado, que el smog haya dejado tener olor a lacrimógena. Puede ser que algún grupo de jóvenes de buen corazón hayan pintado los muros rayados y ya no se vea nada raro. Pero en lo invisible, en eso que va mas allá de la sangre y las carnes, la injusticia ha dejado su huella maldita en los corazones y no existe pintura en esta tierra que pueda borrar esas marcas.